Historias en Juego

El juego es así: inventate una historia, ahora, ya, con lo primer que se te venga a la cabeza, y dejate llevar. Salen cosas.

Caminaba por la calle. En la plaza había un linyera durmiendo al pie de una estatua, con sus bolsas de plástico y de paja rodeándole. A pocos centímetros de su cabeza había un sandwich de jamón y queso. Alguien se lo habría dejado, pensé. Las palomas picoteaban el pan del sandwich plácidamente, sin importarles lo cerca que estaban del vagabundo inmóvil. Me pregunté si debía despertarlo para avisarle que no coma el sandwich que a esta altura debía estar infectado con alguna enfermedad palomítica. El temor social me impidió hacerlo. Seguí caminando hasta el kiosco de la esquina a comprar los cigarros que me había pedido mi abuela.
Volviendo a su casa, vi al linyera. Ahora estaba despierto, sentado, cortando el pan en migas y tirándoselas a las palomas, sonriente. El que no tenía para comer estaba compartiendo su comida, quizás con los únicos seres que registran su existencia, o que la manifiestan.
Mi abuela vive en el centro, en esos edificios gris cemento oscurecidos por el humo de los colectivos, a los que se llega por veredas finitas, y que, si te acordás de mirar bien para arriba, ves el cielo cortado por cables. Entré y le dije que no había conseguido cigarrillos. Sólo una abuela que te quiere mucho te puede creer semejante pavada. Pensé en el dilema entre evitar que los ancianos consuman algo perjudicial, o dejar que disfruten la última parte de su vida como quieran. Pero mi desición estaba tomada. ¿Alguien le compraría cigarros? Al instante suena el timbre, mi abuela se levanta a abrir. Era el portero con cigarrillos. Mi abuela vuelve mirándome con una sonrisa pícara, y me dice "estoy contenta de que vos no me los compres". Con su mano temblorosa me agarra la cabeza y me da un beso en la frente. Y se sienta. Es graciosa mi abuela.

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