Diario de Partida

Y cada tanto me daba cuenta de que estaba con el trasero en el borde del asiento. Lo que sostenía mi cuerpo era la mesa, que me separaba de ella, y al mismo tiempo nos unía. Era como si la mesa se iba hundiendo progresivamente en mi panza, así como su mirada penetraba en mis ojos, y sus palabras en mis oídos. ¿Generaba yo lo mismo en ella? Mi pantalón, imposibilitado de deslizarse con la tela del asiento, subía por mi cuerpo hasta el límite, mi entrepierna, y mis glúteos resbalaban hasta darme cuenta de que ya no podía más. La materia es impenetrable. Corroborado. Sólo la materia.
Mientras caminaba alejándome de ella, luego de fundirnos en un abrazo de partida, pensaba en todas las cosas que no le había dicho. No porque no quisiera, sino porque los temas fluian y algunos quedaban en el camino, que fui recogiendo al recordarla, al recordarme, al recordarnos. Es que siempre habrá algo más. Quizás en mi imaginario, en el de ella, quizás en la vida real. Espero. Hoy. El tiempo dirá.
¿Y qué dice el tiempo? Si va a llover o va a salir el sol, ¿qué importa si igual voy a comer torta? Es inescapable al cumpleaños, como lo somos a vivir en la tierra, a vivir en nuestro cuerpo, dentro de una cultura. Mi hilo conductor se fue por la tangente. Pero quiero seguir escribiendo. La partida tiene que ser de seguir escribiendo sobre un momento. Dejar palabras para los que vendrán. Dejar, y viajar más liviano.

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