Jorgito y Ana
Jorgito y Ana se conocieron en un casamiento. Bailaron, charlaron,
Jorgito le pidió el teléfono y en la semana la invito a salir. El miércoles
Jorgito la paso a buscar e hizo caso a las recomendaciones de su padre: “cuando
pases a buscar a una chica, no le mandes un mensaje para que salga, tocale el timbre
y esperala en la puerta”. Cuando Ana salió, lo vio a Jorgito, y se rio pícaramente:
“¿Que es ese cartel?”. Jorgito se había puesto un cartel en su remera con su
nombre: “Es para que nos conozcamos mejor, como en las reuniones de trabajo
donde la gente no se conoce”. “¡Pero si ya nos conocemos!” Se seguía riendo
Ana, un poco confundida. Quizás Jorgito lo había hecho en serio, o sólo para
escuchar la risa de Ana que a él tanto le gustaba.
En su primer salida (porque Jorgito confiaba en que iba a haber más),
Jorgito le preguntó a Ana si quería ir a un lugar al aire libre, tranquilo, al
lado del río. Ana muy entusiasmada le respondió que sí. Así, Jorgito la llevo a
Costanera Sur, cerca de la reserva natural, donde comieron choripanes y una
cervecita en un carrito, al aire libre, a orillas de donde solía estar el río,
y bajo las estrellas.
Jorgito quería contarles cosas que le resultaban interesantes: “¿Sabías
que marcamos el teléfono con el dedo gordo porque como tiene un cerebro más
grande que los otros dedos, tiene más memoria?”, “Para mí la vida es una
combinación de varias cosas: el trabajo, la familia, los amigos, los
pasatiempos, pero a veces solemos ponernos obligaciones solo para el trabajo”,
“Mi hermana Felisa es organizadora de citas y se cambio el nombre a Felicitas;
su eslogan es: ‘¿Querés citas felices? Llamala a Felicitas’”. Ana escuchaba a
Jorgito y pensaba, que chico gracioso, raro, y en cierta forma inteligente.
¿Creés que Jorgito se merece una segunda cita?
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